Nadín Ospina, moralista del juguete | Descargar el catálogo
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Esa facilidad de la niñez para contentar su imaginación atestigua la espiritualidad de sus concepciones artísticas. El juguete es la primera iniciación del niño al arte, o más bien es para La serie del Grand rêve américain (Gran sueño americano), que Nadín Ospina presentó en Lyon en el marco de la exposición Partage d’exostimes (Compartiendo exotismos) en el 2000, se inscribe de forma emblemática en aquel culto del carguero generalizado de los signos, el cual constituye la economía política del arte en la época de la mundialización (cuyo efecto puede verse en obras tan diferentes como las del belga Wim Delvoye o del anglo-nigeriano Yinka Shonibare). En esta serie, el artista colombiano transforma los iconos de la cultura popular estadounidense (Mickey, Minnie, Goofy, Donald o los miembros de la familia Simpson...) en cerámica mochica o en escultura Chac Mool. Esta trasmigración (el término es de Nadín Ospina) de la iconografía del tebeo a la estatuaria precolombina opera una hibridación, o mejor una criollización, a la vez formal e iconográfica. En efecto, se trata de una desvirtuación (el paso de la 2D a la 3D) simultánea, a la vez de las figuras impuestas del imaginario popular “yankee” y de los tópicos culturales de América Latina. La criollización que opera Ospina es de doble disparo, ya que se trata de mostrar a la vez, de forma irónica y crítica, la preeminencia del modelo americano que acaba por imponerse como modelo universal (N.O. habla de Pop colonialismo) y de volver a apropiarse de los estereotipos estadounidense mediante la lengua vernácula sudamericana (como si de hecho, por un efecto de feed-back histórico, esta imaginería perteneciera al imaginario amerindio). En efecto, no debe olvidarse la inclinación particular del artista por el arte precolombino.
Nadín Ospina descubre entre estos dos “acontecimientos” una construcción ideológica que a partir de entonces identifica a América Latina y singularmente a Colombia con un nuevo exotismo post-colonial, el cual hace cohabitar guerra revolucionaria, prostitución y narcotráfico con un trasfondo de viejos clichés paradisíacos. Nadín Ospina ve en este contubernio entre un juego infantil y la ideología dispensada por los medios de comunicación, una manera de encerrar América Latina en una imaginería en la que a partir de entonces, la violencia hace de nuevo estereotipo. Al volver a apropiarse de algunos personajes del juego de Lego con un físico “sudamericano”, al agrandarlos físicamente, al intensificar algunos rasgos, Nadín Ospina muestra el cinismo implícito que los atraviesa. Ya que a pesar de su aspecto benevolente e inofensivo, estos juguetes portan una ideología pérfida y perversa, la cual transforma a los habitantes de las regiones latinoamericanas en protagonistas caricaturescos de un “espectáculo de aventuras” que vehiculan las peores imágenes racistas y xenófobas. A la manipulación perversa efectuada por los “creadores” de estos juguetes, Nadín Ospina opone sus propias manipulaciones visuales, que hacen aflorar un punto de vista deliberadamente crítico y político. Agrandar el juego de construcción, pasar de la materia plástica original al poliéster, a la pintura e incluso a la cerámica opera un distanciamiento que pone de relieve y destaca el trasfondo ideológico de estos “juguetes”. En efecto, la crítica acre de Ospina no se ejerce meramente con los creadores de esos objetos. Nadín Ospina piensa que muchos artistas y críticos de arte de América Latina, y de otros lugares, se hacen cómplices de esta operación ideológica. A su modo de ver, ambos sólo confortan este estado de hecho al oponerse a este punto de vista con complacencia, a través de una visión “dolorista”. Ospina no “saca provecho del dolor de las víctimas de la violencia”, lucha en el propio corazón del objeto. En efecto, al colocarse en el mismo terreno que sus “adversarios” diseñadores, el artista utiliza una suerte de energía imaginaria que se desprende de estos objetos de gran consumo para desvirtuarla en beneficio de su mirada crítica. En ese sentido, la práctica de Nadín Ospina participa de esa “moral del juguete” que formalizó Charles Baudelaire. De hecho, escribe este último: “he conservado una afección duradera y una admiración razonada para esta estatuaria singular, que, por la limpieza destellante, el brillo cegador de los colores, la violencia en el gesto y la decisión en el perfil, representa tan bien las ideas de la infancia sobre la belleza”. Por lo que se ve, Ospina se toma en serio estos inofensivos “juguetes”. Al inscribir su gesto crítico en el seno del dispositivo del que a la vez estigmatiza la ideología implícita, Ospina reconoce simultáneamente la eficiencia y el poder que este dispositivo visual ejerce sobre los niños, pero también sobre los adultos. En ese sentido, la empresa de Nadín Ospina es genealógica de parte a parte, o sea y propiamente dicho, moral y política.
Bernard Marcadé |